Híjole… Ya todos sabemos de qué cuento trata esto, hay tanto que decir y tan poco espacio. Pero empecemos por repartir culpas. Mal El Universal por desenterrar un artículo de hace casi tres décadas y que el autor público para otro medio de comunicación.
Mal el Edmundo Cázares, el autor, por terminar retractándose y ofreciendo disculpas, sin defensa mínima de su propia credibilidad.
Mal otra vez El Universal por no respaldar al autor, su columnista y darle patadón apenas le acercaron una brasa.
Peor aún: ahora resulta que la gran apuesta era encontrar un supuesto audio de hace 27 o 28 años, si es que todavía existe y si es que todavía se encuentra en condiciones útiles.
Todo esto por el famoso capítulo de la entrevista a Carlos Monsiváis en torno a la supuesta relación cercana que, según aquella publicación, habría sostenido con Andrés Manuel López Obrador.
Algunas lenguas viperinas duchas en el periodismo comentan que hay algo que me llama profundamente la atención.
Hasta donde entienden, hasta ahora no se ha dicho que en su momento Monsiváis o López Obrador hubieran presentado una reclamación pública, una demanda, una aclaración formal o una desmentida contundente por lo que se escribió entonces.
Si eso ocurrió, que alguien muestre los documentos o las declaraciones. Porque hasta ahora lo único que existe es un escándalo construido casi treinta años después de publicada la información.
Y aquí viene la contradicción que parece más interesante.
Qué sensible resultó la Cuarta Transformación para un tema que, en teoría, ni siquiera debería incomodarle. Se supone que estamos hablando de un movimiento que presume apertura hacia las distintas expresiones afectivas y sexuales, que critica a quienes juzgan la vida privada de las personas y que constantemente levanta la bandera de la inclusión.
Entonces, ¿por qué tanto escándalo? Si hubo un desmentido de López Obrador o de Monsiváis en aquellos años, enséñenlo. Si hubo una demanda, publíquenla. Pero hasta este momento lo único que hemos visto es una defensa rabiosa del expresidente, una fe casi religiosa en el hombre de Macuspana y una presión política tan efectiva que terminó doblando a uno de los periódicos más importantes del país.
Y eso, para quienes creemos en la libertad de expresión, sí debería preocupar. Porque da la impresión de que El Universal no se retractó por haber descubierto una mentira, sino porque terminó cediendo ante el peso político de un personaje que, aunque ya vive retirado en su rancho La Chingada, sigue teniendo un enorme poder sobre la conversación pública
Ni siquiera fue él quien salió a defenderse. Fueron sus fieles escuderos, empezando por Gerardo Fernández Noroña y otros personajes del movimiento, quienes se encargaron de convertir un texto viejo en un tema nacional.
Aquí no es mucho el entusiasmo de escribir sobre periodistas o sobre empresas periodísticas. No es un tema cómodo. Pero sí sorprende ver la facilidad con la que un medio tan consolidado puede terminar humillándose frente al poder político.
Además, seamos sinceros. En este país nos hemos tragado toda clase de historias sobre personajes públicos. Nos vendieron durante años el supuesto alcoholismo de Felipe Calderón. Nos burlamos hasta el cansancio de Enrique Peña Nieto por sus torpezas. Y de Vicente Fox, ni que más decir.
Lo más curioso de todo es que, entre más se aferren a defender lo innecesariamente defendible, más lograrán que el tema permanezca en el imaginario colectivo. Es un principio básico de la comunicación: hay asuntos que terminan olvidándose solos, hasta que alguien decide convertirlos en noticia otra vez.
Por eso, mi única conclusión es muy sencilla: ya superen a Monsiváis, a lo que sigue.
Hasta mañana







