La aprobación en la Cámara de Representantes de Estados Unidos de la iniciativa para establecer de manera permanente el horario de verano —con una contundente votación de 308 votos a favor y 117 en contra— sería una de las decisiones que más beneficien a Ciudad Juárez en los últimos años.
Por supuesto, esto no será de la noche a la mañana, aún falta el visto bueno del Senado y, posteriormente, que México haga los ajustes que le corresponden en su legislación. Pero, por primera vez, el final del enredo de los relojes parece estar en el horizonte.
Quien no vive en la frontera difícilmente entiende el problema. Para el resto del país es apenas una hora. Para estos lares significa cambiar rutinas, corregir agendas, verificar aplicaciones y preguntar una y otra vez: “¿Hora de Juárez o de Chihuahua?”.
El horario especial de la frontera nació con la lógica de que las ciudades fronterizas del norte funcionan prácticamente como una sola región.
Miles de personas cruzan diariamente para trabajar, estudiar, recibir atención médica, hacer compras o visitar a sus familias. La industria maquiladora depende de una sincronización perfecta con Estados Unidos; los puentes internacionales, las aduanas, los bancos, los aeropuertos y buena parte de la actividad económica necesitan compartir el mismo reloj.
La medida cumplió ese objetivo, pero también creó una consecuencia que con el tiempo se volvió igual de incómoda.
Durante varios meses del año, Ciudad Juárez queda desfasada del resto de Chihuahua y de prácticamente todo México. Mientras aquí una reunión comienza a las nueve, en Chihuahua capital apenas son las ocho. Una audiencia judicial, una clase virtual, una entrevista por videollamada o una sesión del Congreso requieren la aclaración obligada sobre cuál horario se está utilizando.
Es un detalle que termina desgastando a todos y lo más curioso es que la tecnología nunca logró resolverlo del todo. Cada temporada aparecen vuelos perdidos, reuniones equivocadas, citas médicas confundidas y hasta personas que llegan una hora antes… o una hora después.
Si Estados Unidos elimina definitivamente el cambio estacional y México responde con una reforma equivalente para los municipios fronterizos, Juárez podría dejar atrás uno de los pocos asuntos donde seguimos viviendo entre dos tiempos.
Porque esta frontera ya tiene suficientes desafíos como para agregarle uno inventado por el reloj.
Si se llega a concretar, porque esto se ha ido a pique en más de una ocasión, sería una buena noticia para las empresas, para las universidades, para los gobiernos de ambos lados de la línea internacional y, sobre todo, para las miles de familias binacionales que viven con un pie en Juárez y el otro en El Paso.
Incluso para quienes mantienen una relación sentimental a ambos lados del río. Porque el amor también se desespera cuando cada seis meses alguien pregunta: “¿A qué hora nos vemos?”.
Todavía falta camino legislativo. El Senado estadounidense deberá dar su aprobación y después corresponderá al Congreso mexicano adecuar la Ley de Husos Horarios para mantener la sincronía que da origen al horario fronterizo. Nada garantiza que ocurra este mismo año, pero hoy la posibilidad es mucho más real que hace apenas unas semanas.
Hasta mañana







