Una vez más, esta columna termina dándole al clavo en un tema que muchos otros espacios de esta misma naturaleza prefirieron pasar por alto o simplemente le dieron poco valor periodístico. Es como recitar una poesía en medio del desierto.
Hace apenas un par de días hablamos del error que cometió El Universal al despedir a su columnista por retomar un artículo añejo sin el respaldo (Hasta ahora) de una grabación y, peor aún, al ofrecer una disculpa pública por una declaración atribuida a Carlos Monsiváis.
Las lenguas viperinas nos explicaron porque aquello era una reverencia innecesaria al régimen.
Pues resulta que nos quedamos cortos.
Ahora la dirigencia nacional de Morena, engolosinada con el poder que hoy ostenta, pretende que El Universal no solamente pida disculpas, sino que prácticamente se hinque ante su líder de Macuspana, AMLO, porque consideran que solo así se resarcirá su honor agraviado.
A ver, ¿quedamos o no quedamos? Están juzgando un hecho ocurrido en 1999 con la visión de 2026.
Ni existía la tecnología de hoy, ni las redes sociales funcionaban como archivo permanente, ni era tan sencillo encontrar el justo medio que respaldara o desmintiera una declaración de hace casi tres décadas. Hasta este momento, por lo menos Lenguas Viperinas no ha visto que alguien haya demostrado un desmentido de Andrés Manuel o del mismo Monsiváis (EPD).
Y, sin embargo, del tema se agarraron personajes como Ariadna Montiel que da a entender que habrán de irse sobre todo medio o periodista que genere información que les incomode. Como para que los informadores se queden callados si no cuentan con el veredicto de la Cuarta Transformación, basado —según dicen— en pruebas, pruebas y más pruebas.
Lo curioso es que pareciera olvidárseles todos aquellos años en los que Andrés Manuel López Obrador acusó, señaló, manchó y condenó públicamente a sus adversarios sin presentar prueba alguna. Acusó a Fox, acusó a Calderón, acusó a cuantos adversarios encontró en el camino de corruptos, de ladrones, de mafiosos y de todo lo que usted quiera, sin que mediara una prueba judicial que respaldara semejantes señalamientos.
Aquí no se trata de defender a nadie. Se trata de decir que, cuando las puñaladas son iguales, llorar es cobardía. Porque ahora Ariadna Montiel y la venida a menos Luisa María Alcalde andan con la pala buscando la verdad, cuando el movimiento al que pertenecen construyó buena parte de su fuerza política sobre la presunción de culpabilidad de todos aquellos que no pensaban como ellos.
Ahí está también Ciro Gómez Leyva, que ya vivió en carne propia la soberbia y la forma tan pusilánime de actuar del régimen cuando se siente cuestionado. Y más recientemente vimos a Claudia Sheinbaum dudar al momento de responder sobre la agresión que sufrió la esposa del hoy director de Pemex, Víctor Rodríguez, sobre quien pesa un video donde claramente agrede a su esposa.
No sé qué otras pruebas esperan algunos, pero ese episodio retrata muy bien la manera en que la Cuarta Transformación camina de puntillas cuando los señalamientos tocan a los suyos.
Y el ejemplo más cercano lo tenemos con la gobernadora Maru Campos, quien hoy también está siendo víctima de esa ausencia de presunción de inocencia por parte de toda la andanada morenista.
Aquella frase que durante tantos años provocó escozor en la izquierda —“a mis amigos, justicia y gracia; a mis enemigos, la ley a secas”— hoy ya ni siquiera les queda. Porque ni la ley se aplica. Han llevado las cosas a otro extremo: a los amigos se les presume inocentes aunque existan pruebas tan claras como un video; a los adversarios se les condena antes de investigar.
Y esa, por donde se le quiera ver, no es justicia. Es simple y llanamente una dictadura asomando las narices.
Hasta mañana.







