Chihuahua se termino convirtiendo esta semana en el epicentro político del país. Lo que comenzó como un debate en torno a la presunta participación de agencias extranjeras en operativos de seguridad terminó por escalar a un enfrentamiento del más alto nivel entre las dos principales fuerzas políticas de México: Morena y el PAN.
La visita de Ariadna Montiel a la capital del estado marcó un punto de inflexión. La dirigente nacional de Morena logró lo que hasta hace apenas unos días parecía imposible: reunir en un mismo frente a las distintas tribus de la izquierda chihuahuense.
Ahí estuvieron Cruz Pérez Cuéllar, Andrea Chávez, la dirigencia estatal y el Consejo de Morena, actores que hasta hace poco eran irreconciliables. Todos cerraron filas para convocar a la marcha por lo que llaman soberanía nacional este sábado 16 de mayo.
El mensaje fue contundente: Morena encontró en Chihuahua una causa común y, de paso, un adversario político que los fusionase.
La narrativa del movimiento busca posicionar a la entidad como el ejemplo de lo que no debe ocurrir en la relación con Estados Unidos, mientras sus liderazgos aprovechan el momento para mostrar unidad y músculo político.
Del otro lado, los cuatro gobernadores emanados del PAN manifestaron públicamente su respaldo a Maru Campos.
También lo hizo el Comité Ejecutivo Nacional panista, que arropó a la mandataria en medio de la polémica.
En sí, tenemos dos polvorines en riesgo de explosión. ¿Dónde está la mecha? En Sinaloa y en Chihuahua. ¿Quién tiene la flama? Todo parece indicar que el gobierno de los Estados Unidos, con un loco piromaníaco como Trump, todo puede pasar en cualquier momento.
En este contexto, la gobernadora chihuahuense enfrenta quizás el momento político más delicado y, al mismo tiempo, más prometedor de su carrera.
Tiene frente a sí la posibilidad de proyectarse al escenario presidencial, pero también el riesgo de cometer errores costosos.
Rehuir al debate nacional, como ocurrió con su ausencia en el Senado, no parece la estrategia más conveniente cuando los reflectores están sobre ella.
Maru Campos posee un olfato político probado, y esa habilidad será clave en los próximos días. Si logra administrar con inteligencia este episodio, podría encontrar la punta de la madeja que la inserte de lleno en la conversación rumbo a 2030.
Pero si pierde el control del tablero local y, sobre todo, del estado que gobierna, cualquier aspiración nacional se esfumaría de inmediato.
La historia ofrece lecciones. Desde Patricio Martínez, hace ya un cuarto de siglo, varios gobernadores de Chihuahua escucharon los cantos de sirena de la política nacional y creyeron estar a las puertas de la grande.
Ninguno concretó esa posibilidad, porque en realidad fueron quimeras.
Hoy, quizá por primera vez en muchos años, la oportunidad parece real. La pregunta es si Maru Campos sabrá aprovecharla o si Chihuahua volverá a ser, para sus gobernantes, una estación de paso y no la plataforma de despegue que imaginaron.
Hasta mañana







