El homenaje póstumo rendido ayer al extinto director de la JMAS de Ciudad Juárez, Marco Licón, congregó ayer a la crema y nata de la política en esta frontera pero hubo algo que llamó poderosamente la atención de las lenguas viperinas que estuvieron por ahí.
Mientras familiares, amigos cercanos y compañeros de trabajo intentaban procesar una pérdida tan inesperada como dolorosa, hubo quienes parecieron entender el encuentro de una manera muy distinta.
Y es que mientras una según empoderada Amparo Beltrán, vocera de la Representación del Gobierno del Estado en Juárez, decidió concentrar sus esfuerzos en limitar el trabajo de los medios de comunicación que acudieron al homenaje, otro aspecto muy fuera de su nivel se le estaba saliendo de control.
Conviene subrayarlo: los reporteros no llegaron por iniciativa propia ni irrumpieron en un acto privado; fueron invitados. Acudieron a realizar la labor que les corresponde: documentar y reportar la despedida de un funcionario público ampliamente conocido en la frontera.
Pero para la señora Beltrán la oportunidad de hacer valer su inocua autoridad era inminente. Y como si los reporteros trabajasen para ella les instruyó que no permitiría nada de fotografías. Nada de video. Nada de transmisiones en vivo.
Todo, según ella, por respeto a los familiares y amigos del fallecido. Un argumento entendible en apariencia y difícil de cuestionar si hubiera sido aplicado con el mismo rigor a todos los presentes.
Sin embargo, mientras los comunicadores eran observados con lupa para evitar cualquier imagen o grabación, la llamada clase política parecía desenvolverse con absoluta libertad y a veces hasta en tono festivo y animado.
Numerosos asistentes —principalmente identificados con el PAN y el PRI— parecían más preocupados por hacerse presentes que por pasar inadvertidos. Más interesados en ser vistos que en acompañar discretamente a quienes atravesaban el duelo.
Las lenguas viperinas, que nunca faltan en este tipo de eventos, fueron particularmente generosas con los comentarios.
Hablaron de personajes que aprovecharon el momento para fortalecer relaciones públicas, para saludar estratégicamente a cuanto asistente se cruzara en su camino, para colocarse en lugares visibles y para aparecer en todas las conversaciones posibles.
Hubo quienes, según los comentarios de pasillo, se instalaron prácticamente en el corredizo para estrechar el mayor número de manos. Otros aprovecharon para intercambiar mensajes políticos, sondear escenarios y hasta hacer previsiones en vísperas del horizonte electoral. Tampoco faltaron los que encontraron espacio para el chascarrillo, la sonrisa y la fotografía informal.
Si la preocupación era preservar la solemnidad del homenaje y evitar conductas que pudieran interpretarse como una falta de respeto al dolor de la familia, ¿realmente los reporteros que fueron debidamente delimitados en una especie de corral eran el problema?
Porque una cámara registrando un acto público difícilmente altera la esencia de una despedida. En cambio, convertir un homenaje luctuoso en una especie de pasarela política sí puede resultar ofensivo para quienes acudieron exclusivamente a despedir a un amigo, a un compañero o a un familiar.
Lo ocurrido deja una lección interesante. Con frecuencia se acusa a los medios de invadir espacios, de buscar protagonismo o de convertir cualquier acontecimiento en noticia. Pero ayer, al menos según la percepción de varios asistentes, los periodistas simplemente hacían su trabajo. Quienes parecían empeñados en figurar eran otros.
Hasta mañana







