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🐍LA COLUMNA/Igualdad a conveniencia

Fue revelador escuchar a la Presidente Claudia Sheinbaum expresar convencida que en México aún existe una brecha salarial entre hombres y mujeres, aún cuando nuestro país muestra avances en materia de paridad de género.

A veces esta sonata de la discriminación laboral ya suena más como un estribillo aprendido de memoria que una reflexión seria, como si hombres y mujeres recibieran distinto salario por realizar exactamente el mismo trabajo, con la misma responsabilidad, experiencia y productividad.

La realidad es que si ese fuera, cualquier empresario interesado en maximizar ganancias llenaría su plantilla de mujeres para reducir costos laborales. Evidentemente, esa lógica difícilmente resiste un análisis económico básico.

Gran parte de las estadísticas que alimentan este debate comparan ingresos promedio entre hombres y mujeres, sin distinguir variables como profesión, especialidad, antigüedad, horas trabajadas, disponibilidad, nivel de riesgo o tipo de actividad. Esa diferencia metodológica cambia por completo la interpretación.

De manera mañosa, los promotores de esta hipótesis toman a los hombres más exitosos y prominentes y los comparan con sus similares femeninos y a veces ni siquiera eso, sino con otras figuras que ni siquiera tienen que ver con el ámbito empresarial, sino gerencial o de alta dirección.

También suele omitirse un dato incómodo: muchos de los empleos con mayor desgaste físico, mayor riesgo y menor remuneración siguen siendo ocupados mayoritariamente por hombres.

Recolectores de basura, albañiles, estibadores, obreros de la construcción, operadores de maquinaria pesada, trabajadores mineros o de plataformas industriales forman parte de esa realidad.

Las cifras también muestran que los hombres concentran la mayor cantidad de accidentes laborales mortales, mayor presencia en ocupaciones de alto riesgo y una importante proporción de personas en situación de calle. Son indicadores que rara vez aparecen cuando se habla de desigualdad.

Algo similar ocurre en el deporte profesional. Frecuentemente se compara el salario de futbolistas hombres con el de mujeres como prueba de discriminación. Sin embargo, el mercado funciona bajo otra lógica: audiencias, patrocinios, venta de boletos, derechos de televisión y comercialización de productos. Donde existe mayor generación de ingresos, existen contratos más elevados.

Las mujeres suelen tener más interés, de hecho, por el futbol masculino que por el femenil.

Del mismo modo, en otras industrias sucede exactamente lo contrario. Las modelos femeninas de mayor prestigio perciben ingresos muy superiores a los modelos masculinos porque la industria de la moda y la publicidad así lo demanda. El mercado premia aquello que genera mayor valor económico, independientemente del género.

El segundo planteamiento presidencial también merece cuidado. Buscar una mayor participación femenina en puestos directivos es una aspiración legítima cuando responde al mérito, la preparación y los resultados. De hecho, cada vez existen más mujeres encabezando empresas, bancos, organismos internacionales y corporativos, gracias a su capacidad profesional.

El problema aparece cuando el objetivo deja de ser seleccionar al mejor perfil y comienza a privilegiarse una cuota previamente definida. Ahí el criterio deja de ser el talento para convertirse en una respuesta a ideologías.

Existen áreas donde muchas empresas reconocen que las habilidades de comunicación, negociación y empatía permiten que numerosas mujeres destaquen, particularmente en ventas, recursos humanos, mercadotecnia o atención al cliente. Esa evolución ha ocurrido de forma natural, impulsada por la competencia y la eficiencia, más que por imposiciones legales.

El verdadero riesgo consiste en que desde el poder se construyan diagnósticos simplificados para justificar regulaciones cada vez más invasivas sobre la vida interna de las empresas.

La igualdad de oportunidades fortalece a cualquier sociedad. La igualdad de resultados impuesta por decreto suele generar efectos distintos a los que promete.

Porque cuando la política intenta sustituir al mérito, las cuotas terminan ocupando el lugar de la competencia. Y ahí, tarde o temprano, todos pagan la factura.

Hasta el lunes.

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