La política es el arte de construir acuerdos para alcanzar el bien común, independientemente de ideologías y de sentimientos. Ese principio debería ser una brújula para cualquier dirigente partidista, sobre todo de quien encabeza una fuerza que se dice humanista.
Por eso resulta preocupante que el nivel de la discusión pública termine reducido a un reto “a puño limpio”.
Esa pequeña frase debió sonar espectacular en la mente de quien le genera las líneas discursivas a la líder estatal panista Daniela Álvarez, pero no fue así. “Ya saben cómo soy”, dijo Daniela como para justificar el reto que hizo a funcionarios del IMSS, específicamente a la vocera de la institución durante su conferencia de prensa.
Estaba ofendida la güera que porque le dijeron mentirosa.
Si bien es verdad que podemos interpretar que la intención era convocar a un debate frontal donde pudieran existir confrontación de ideas, no encontraron la manera de encontrar contundencia y claridad.
Pero no nos equivoquemos, el intercambio fuerte DE IDEAS siempre será bienvenido.
La confrontación de argumentos fortalece la democracia. Pero un debate jamás será equiparable a un intercambio a puño limpio. Las metáforas también tienen límites, especialmente cuando se pronuncian por un personaje que enviste liderazgo, aunque eso sea abstracto e irreal.
Esta dialéctica inexacta y torpe resulta todavía más evidente porque proviene de alguien cuya responsabilidad consiste precisamente en comunicar con claridad.
Es ella quien pretende representar a miles de militantes y por ende tiene la obligación de medir el alcance de sus expresiones públicas, en lugar de estar armando frases que le generen un espacio preponderante en medios de comunicación.
La sociedad actual escucha, graba, comparte y juzga en segundos. Aquella costumbre que acostumbran políticos de oficina y ruedas de prensa con aire acondicionado y coffe breack de allegarse a frases de cantina o de barrio para parecer cercanos a la gente les dejó de funcionar hace mucho tiempo.
Paradójicamente, muchos personajes públicos buscan proyectar una imagen popular mientras desarrollan toda su actividad en escenarios de petite comité y a puertas cerradas.
Conferencias en salones privados de hotel, agendas blindadas, acceso restringido y ruedas de prensa donde las preguntas incómodas rara se aceptan con desgano.
Resulta complicado vender una narrativa de cercanía cuando incluso conseguir una entrevista con la dirigencia partidista se convierte en una misión casi imposible. La distancia con la calle termina evidenciándose mucho antes que cualquier discurso.
El fenómeno, además, trasciende colores partidistas. En el llamado “pueblito mexicano” abundan los voceros que, en lugar de facilitar el trabajo periodístico, terminan convirtiéndose en una muralla entre los funcionarios y la ciudadanía.
La comunicación social nació para abrir puertas, ofrecer información y transparentar el ejercicio público. Sin embargo, cada vez son más las oficinas donde el filtro se volvió un muro y el acceso depende del humor de quien administra la agenda.
En el gobierno municipal ocurre algo similar. Hay áreas enteras convertidas en fortalezas inexpugnables. La Tesorería es un ejemplo recurrente. La responsable de las finanzas públicas permanece prácticamente ausente del debate público.
Entrevistarla parece una tarea reservada para los milagros administrativos. Toda consulta pasa primero por la oficina de Comunicación Social, donde el control informativo se ejerce con una disciplina digna de una bóveda bancaria.
Ahí el gobierno del pueblo, como se ostenta la 4T, no es tan de pueblo.
Hasta mañana







