Hace unos meses la Presidente Sheinbaum presentó la gama de vehículos eléctricos Olinia como el principio de la autonomía tecnológica nacional, lo cual pudiera ser cierto para el largo plazo, pero en el corto la realidad es otra.
Recientemente el propio coordinador del proyecto, Rafael Garayoa, reconoció que alrededor del 60 por ciento de los componentes que necesita el vehículo no se fabrican actualmente en México y que, para arrancar, deberán importarse principalmente de China.
Entre esos componentes están precisamente algunos de los más importantes de un eléctrico: baterías, motores y sistemas electrónicos.
Por ello es inevitable hacer la distinción de un vehículo diseñado e integrado en México, pero fabricado mayoritariamente con tecnología y componentes que vienen de distintas partes del mundo.
Subrayamos: Olinia puede ser mexicana como proyecto de ingeniería, como marca y como integración industrial, pero todavía no puede presumir cadena de suministro completamente nacional. Y, por supuesto, puede ser el punto de partida para desarrollar proveedores nacionales.
De hecho, el propio proyecto ha planteado aumentar gradualmente la integración nacional, con una meta de 75 por ciento para 2030.
Analizar el proyecto, por cierto, no demerita el trabajo de las manos mexicanas que se involucraron en él. Si algo merece reconocimiento es que científicos, ingenieros y especialistas de distintas instituciones estén intentando desarrollar un vehículo eléctrico desde nuestro país.
Ahora, para poder presumirla, estamos obligados a compararla: Olinia Carga costaría alrededor de 150 mil pesos, según el precio estimado anunciado, tendría capacidad para unos 650 kilos y autonomía superior a 120 kilómetros.
Su similar, a combustión de gasolina sería el Racing A7 Hidráulico, por su parte, puede encontrarse alrededor de los 115 mil pesos dependiendo de distribuidor y configuración, utiliza un motor de 300 centímetros cúbicos, tiene caja de 2.40 por 1.50 metros, volteo hidráulico y anuncia capacidades de carga de hasta 1,500 kilos.
Olinia es silenciosa, eléctrica, cerrada y mucho más eficiente para reparto urbano; el Racing A7 es rudimentario pero probado animal de carga para quien necesita transportar materiales pesados y descargarlos sin demasiadas complicaciones. El A7 no presume ser la revolución tecnológica de México. Simplemente hace su trabajo.
Habrá que ver como responde el mercado, porque para fines comerciales habrá que ver ¿qué estamos comprando realmente por 150 mil pesos? Si compramos una plataforma de ingeniería mexicana que permitirá desarrollar una industria nacional de vehículos eléctricos, bienvenida sea.
En su presentación, el gobierno puso como ejemplo su uso para instalar un puesto de flores, tipo informal, con todos sus implementos y hasta anuncios publicitarios. Quizá no fue el mejor ejemplo pero ilustro la idea de lo que piensan los promotores que puede ser usado.
Al final, la verdadera prueba de Olinia será que un comerciante mexicano pueda comprarla, trabajar con ella durante años, repararla en México, conseguir sus refacciones y comprobar que efectivamente le cuesta menos que un vehículo de gasolina.
Si consigue eso, tendremos motivos para celebrar una auténtica industria mexicana. Si no, habremos construido un vehículo mexicano para el discurso, con tecnología extranjera y un costo millonario que saldrá de los bolsillos del pueblo sabio mexicano.
Hasta mañana.







