Decía un ingeniero que es mentira eso de que el agua tiene memoria. Cuando se habla de ríos y arroyos que tarde o temprano reclaman su cauce, en realidad es la geografía la que conserva la memoria de por dónde debe correr el agua que cae del cielo. Las pendientes, las cuencas y las depresiones del terreno siguen ahí, aunque encima les echemos toneladas de pavimento, les pongamos nombre de calle y las llenemos de automóviles.
Se nos olvida que una parte de nuestra amada ciudad Juárez está atravesada por cauces naturales. Los convertimos en vialidades, los incorporamos a la circulación cotidiana y después, cuando llega un aguacero, nos llevamos las manos a la cabeza porque las calles se transforman en ríos.
Dos de los ejemplos más claros son el arroyo de Las Víboras y el viaducto Mártires del 68. Se inundan por falta de drenaje, si y por falta de previsiones de ingeniería, pero también son corredores viales cuyo trazo coincide con cauces naturales que reciben y conducen escurrimientos pluviales.
En otras palabras, por ahí circulan automóviles cuando el tiempo está seco, pero cuando llueve con fuerza, el agua también necesita pasar.
Veamos a detalle. El antiguo viaducto Gustavo Díaz Ordaz, ahora llamado Mártires del 68, recorre aproximadamente 3.7 kilómetros entre el bulevar Bernardo Norzagaray y la calle Álvaro Obregón, en el poniente de la ciudad, y conecta a diversas colonias de ese sector.
Lo que muchos conductores conocen como una vía para desplazarse de un punto a otro tiene un pequeño detalle, bueno no tan pequeño. Fue desarrollada sobre el cauce del antiguo Arroyo Colorado. Su ubicación responde a una trayectoria natural de escurrimiento que recibe un caudal de agua procedente de la Sierra de Juárez y la conduce hacia las partes bajas.
Por eso, cuando llueve intensamente en las zonas altas, el agua desciende por gravedad y busca las rutas que le marca la pendiente del terreno. Si ese recorrido coincide con el viaducto, puede convertirse en un canal de corriente rápida.
Efectivamente, hablamos de escurrimientos que pueden adquirir fuerza suficiente para arrastrar materiales, poner en riesgo a los conductores y obligar al cierre de la circulación.
Los puentes peatonales y las mejoras viales pueden resolver problemas específicos, pero no sustituyen las obras hidráulicas necesarias para manejar los escurrimientos.
Luego, en el norponiente, particularmente en el entorno de la colonia Felipe Ángeles, encontramos otro ejemplo de esta convivencia complicada entre la ciudad y la naturaleza: el arroyo de Las Víboras.
Aquí el problema es todavía más evidente cuando se observa el recorrido del agua. El torrente que viene de las zonas altas toma las pendientes naturales y converge en una subcuenca que históricamente ha conducido las precipitaciones.
En tiempo seco, el cauce puede pasar inadvertido para quien solamente ve una calle. Pero cuando llueve con fuerza, el agua desciende arrastrando lodo, piedras y otros materiales. La corriente golpea la superficie, deteriora el pavimento y puede ocasionar daños que después obligan a realizar reparaciones.
La misma reflexión debe extenderse a otros puntos de la ciudad, como la calle Tapioca, el Arroyo del Mimbre y Loreto, así como las vialidades Otomíes, Acolhuas, Tláloc y Popocatépetl, donde los escurrimientos también pueden generar problemas. Cada lugar tiene condiciones particulares y requiere un diagnóstico propio, pero todos forman parte de una discusión que Juárez ya no puede posponer: cómo crecer sin ignorar las rutas naturales del agua.
No es difícil entender por qué algunos tramos sufren afectaciones severas después de una tormenta. Una vialidad convencional está diseñada para soportar el tránsito, pero es golpeada por un alud de agua, tierra, lodo y demás escombros en gran volumen y velocidad, necesita infraestructura específicamente concebida para esa función hidráulica.
El asunto excede a pensar el costo de reparar el asfalto. También está en juego la seguridad de los conductores, la movilidad de los vecinos y el riesgo de que una corriente sorprenda a quienes intenten cruzarla.
Hasta mañana.







