Ah, el campo mexicano… ese viejo conocido que cada sexenio aparece en el discurso como prioridad, pero que en la práctica termina archivado entre buenas intenciones y programas asistenciales.
Como lo suelta el senador Mario Vázquez, el problema es la falta de un plan, porque todo se quiere soportar en asistencialismo sin un mínimo de cacumen.
Y los números, malditos números. A nivel nacional, el presupuesto para la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER) ha tenido variaciones que, en términos reales, siguen por debajo de lo que se ejercía hace una década.
En 2015, por ejemplo, el campo contaba con más de 90 mil millones de pesos en términos nominales; hoy, aunque la cifra ronda niveles similares, el golpe inflacionario y la reconfiguración del gasto lo han dejado con menor capacidad operativa.
Traducido en términos llanos: el dinero alcanza para menos.
Pero el cambio de fondo son los programas productivos que antes buscaban elevar la competitividad —como apoyos a la comercialización, coberturas de precios o incentivos a la tecnificación— y que fueron sustituidos por transferencias directas.
Dinero que llega. El productor recibe, sobrevive… pero difícilmente crece.
En el estado de Chihuahua el contraste se siente más. El estado aporta más o menos el 4% del PIB agropecuario nacional y lidera en productos clave como manzana, nuez y ganado de exportación.
Sin embargo, en los últimos años, la superficie sembrada ha mostrado altibajos y sectores completos, como el de granos, han resentido la falta de esquemas sólidos de comercialización. La ecuación es brutal: producir más cuesta, pero vender mejor, ahí esta lo dificil.
Cuanto esto pasa, el discurso oficial empieza a hacer agua.
Porque trasladar la política rural a un enfoque asistencial —desde dependencias que poco tienen que ver con la lógica productiva— termina desdibujando el papel de la propia SADER. La dependencia que debería estar diseñando cómo hacer más competitivo al campo, hoy parece reducida a espectadora de un modelo donde la prioridad es contener, retener, sin crecer.
Comparado con sexenios anteriores, es que antes se apostaba —con sus claroscuros— a integrar cadenas de valor, abrir mercados, empujar exportaciones. Hoy, la narrativa gira en torno al bienestar inmediato.
Y no, no, no, mil veces no. No es que antes hubieran estado en jauja. El campo, desde los tiempos del PRI, pasando por el PAN y ahora con MORENA, se tiene muy en cuenta en los periodos donde se le ve como un activo electoral y una manera de hacerse ver como los paladines de la justicia social.
Y aunque nadie discute la necesidad de apoyar a los más vulnerables, el problema es cuando esa lógica sustituye la estrategia productiva.
Porque el campo, contrario a lo que a veces se sugiere desde la comodidad del escritorio, no vive de dádivas. Vive de ciclos, de riesgos, de inversión… y sobre todo, de mercado. Sin canales de comercialización, sin acceso a financiamiento competitivo y sin políticas que incentiven la innovación, el productor queda atrapado en una especie de limbo: produce, pero pierde; trabaja, pero apenas resiste.
En Chihuahua, los productores lo saben bien. Basta voltear a los ciclos agrícolas recientes, marcados además por la sequía persistente, para entender que el margen de error es cada vez más estrecho.
Sin apoyos para tecnificación o esquemas de aseguramiento robustos, cada hectárea sembrada se convierte en una apuesta de alto riesgo. Y sin mercado asegurado, esa apuesta roza lo temerario.
Y mientras tanto, en esa línea delgada entre sobrevivir y crecer, el productor sigue haciendo lo que sabe: trabajar la tierra.
Hasta mañana.







