Ayer, el senador morenista Juan Carlos Loera advirtió que los programas sociales también pueden convertirse en víctimas de su propio éxito.
Más allá de sus propios intereses y de su desencanto por la designación unilateral de Andrea Chávez como coordinadora de la defensa de la soberanía en Ciudad Juárez, el mensaje puede ser de interés para propios y extraños de la 4T.
El senador recordó que -en los últimos ocho años- Morena construyó buena parte de su crecimiento electoral alrededor de una política social que amplió derechos, elevó ingresos y llevó apoyos directamente a millones de familias.
El aumento de los salarios reales, las pensiones y los programas sociales contribuyeron a reducir una percepción de miseria y generaron la idea de un sistema de gobierno dispendioso, que entrega a manos llenas beneficios de manera directa y con vocación de permanencia.
Por ocho años muchos agradecieron a cabecita de algodón y sus representaciones por una beca o un subsidio, pero aquí viene el detalle que debería hacer sudar frío a más de uno en Morena, en tanto que lo extraordinario con el tiempo se vuelve cotidiano.
Para muchas familias, los programas sociales ya forman parte de su vida diaria. Son derechos constitucionales, apoyos esperados y recursos que llegan con regularidad. El beneficiario sabe que ahí están.
Y precisamente por eso, el vínculo emocional entre el apoyo recibido y el proyecto político que lo impulsó comienza a diluirse.
Ahí está la verdadera alerta que expuso Loera. La gente deja de valorar una pensión, una beca o un apoyo; deja de asociarlos automáticamente con el partido que los convirtió en bandera electoral.
Y si Morena pensaba que cada depósito llevaba incluida una boleta electoral, quizá convenga revisar esa cuenta.
Loera, por cierto, ya había dejado ver esta semana que algo le estaba haciendo ruido con la llegada de Andrea Chávez a la coordinación juarense.
Después matizó sus palabras, pero el mensaje quedó flotando. Y aunque sus propios intereses políticos son evidentes, la reflexión de fondo es una advertencia que Morena difícilmente va a escuchar porque -le sucedió al PRI y le sucedió al PAN- están engolosinados con el poder del Estado y sus beneficios, no todos por encima de la mesa.
La Cuarta Transformación enfrenta ahora un escenario distinto. Toca demostrar que ese proyecto sigue teniendo capacidad para convencer, movilizar y generar expectativas, pero además dar resultados en desarrollo, políticas de infraestructura eficientes y buen gobierno.
Hasta mañana.






