Carlos Roa es un activista de izquierda que en su juventud fue candidato del desdibujado Partido de la Revolución Democrática a una diputación federal en ciudad Juárez, en tiempos en que la figura principal de esa institución era nada más y nada menos que el líder macuspano Andrés Manuel López Obrador.
Esta semana Roa recuerda una conversación que sostuvo con López Obrador en 1997, cuando varios jóvenes candidatos perredistas fueron a presentarse con él.
Según su relato, AMLO los felicitó por su participación y les dejó un consejo: no meterse en los grupos dentro del partido, porque eso solo hace daño; trabajar, en cambio, por convicciones ideológicas.
La reflexión viene a cuento porque, casi tres décadas después, Morena parece haber transitado inexorablemente hacia aquello que su fundador decía que debía evitarse.
Los grupos o tribus -así se les conocía acá- nacieron como corrientes de pensamiento y terminaron transformándose, en no pocos casos, en cofradías de poder, con intereses propios, posiciones que conservar y candidaturas que disputar.
La política partidista comenzó a girar luego en torno a quién controla un pedazo del tablero y el proyecto común se empezó a diluir entre intereses y componendas.
Roa advierte justamente sobre eso y cuestiona que Morena haya terminado reproduciendo prácticas que durante años le criticó a la derecha: imposiciones, candidaturas sin proyecto, grupos enfrentados y espacios políticos cerrados a quienes no forman parte de la corriente dominante.
La reflexión vale por sí misma, no porque venga acompañada del recuerdo de López Obrador ni porque haya que repartirle flores al expresidente. Resulta hasta irónico que aquella recomendación de no construir grupos de poder dentro de la izquierda haya terminado siendo ignorada por buena parte de quienes crecieron políticamente bajo su sombra.
En Chihuahua, Morena llega al camino rumbo a 2027 con dos grandes lastres políticos que se disputan el control estatal y los que han construido en Ciudad Juárez su propio territorio de poder.
Antes de definirlos hay que ponerles nombre, uno es el de Juan Carlos Loera y el otro el de Cruz Pérez Cuellar. De ahí se desprenden otras figuras que pudieran considerarse más encumbradas pero en realidad están supeditadas a quienes mueven realmente los hilos.
Ciertamente estas figuras brillan con luz propia pero para ser más fuertes han decidido cohesionarse para pelear en conjunto posiciones de poder.
Con Loera podemos mencionar a Andrea Chávez, a su sobrina Brighite Granados y hasta dos de las tres herederas del clan petista de los Aguilar, que se ostentan una como líder estatal y la otra como representante nacional.
Por el lado Cruzista indudablemente esta la delegada del Bienestar Mayra Chávez, el titular del Consejo Estatal de MORENA, Hugo González y el coordinador de la bancada guinda en el Congreso, Cuauhtémoc Estrada.
Sin unidad el partido mantendría Juárez, para Andrea Chávez pero difícilmente logrará sacar adelante el proyecto estatal.
Y si por las vísperas se conocen los días, teniendo asegurada la frontera, los márgenes de los que hablaba la coordinadora de Morena en Juárez, pueden tranquilamente irse al carajo.
Vea nomas que Andrea ayer se puso como chivo en cristalería al señalar que los principales problemas que enfrenta actualmente la ciudad fronteriza tienen que ver con el gobierno municipal.
No es la primera vez que esa corriente lanza puyas al Municipio, pero esta vez si caló el doble porque se suponía que había que poner alfombra para una alianza interna pero hasta ahorita pareciera un camino de rosas con espinas.
Hasta mañana.







