Ciudad Juárez llegó al punto de inflexión. Las lluvias terminaron por exhibir lo que durante años se ha venido acumulando debajo y encima de las calles: pavimento destrozado, hundimientos, baches convertidos en cráteres, aguas negras brotando por distintos sectores y automovilistas haciendo malabares para llegar a su destino sin dejar la suspensión, la llanta o hasta el vehículo entero en el camino.
La ciudad se hunde, literalmente, en algunas zonas.
En un mundo perfecto, en estos momentos se estarían realizando dos cosas principalmente. Uno, la reparación inmediata de todos los daños ocasionados por la mala calidad del asfalto y materiales del sistema de drenaje y por otro un plan para remediar de una vez por todos los problemas.
Pero no, las autoridades parecen más empeñadas en descubrir quién tiene la culpa. El Municipio señala a la Junta Municipal de Agua y Saneamiento por la falta de mantenimiento al sistema de drenaje y desde el Estado se ha advertido que Juárez enfrenta una de las peores condiciones de pavimentación de su historia moderna.
Y el ciudadano, mientras tanto, queda justo en medio de la discusión… y de los baches.
Al juarense común poco le importa la raja política que pudiera obtenerse de estas condiciones críticas. Y de hecho, una dinámica y determinante acción sería mucho más rentable que lanzarse las responsabilidades unos a otros.
Soñamos los que no trabajamos en gobierno, que nuestros impuestos se vean reflejados en calles transitables, pavimentos seguros y una infraestructura que no se convierta en trampa después de cada lluvia.
Tan pujante que es nuestra ciudad, tanta economía que mueve, tanto aforo en nuestros puentes internacionales pero nuestros gobiernos solo piensan en quien se va a quedar el año entrante con el hueso de la administración pública.
Triste realidad ¿De qué sirve tener una ciudad que crece en población, industria y actividad económica si salir a la calle implica estar pendiente de dónde está el próximo hundimiento?
Ya se ha explicado muchas veces que Juárez cuenta con una red de drenaje sanitario para atender las descargas domiciliarias, pero carece de una infraestructura suficiente para desalojar grandes volúmenes de agua de lluvia.
Lo que se hizo o dejó de hacerse en el pasado hoy resulta secundario. El problema está aquí y ahora: ¿cuál es el proyecto para que las calles de Juárez dejen de ser vulnerables ante cada tormenta?
Los expertos deberían saber que tapar un bache, rellenar un hundimiento o reparar una tubería resuelve la emergencia, pero no necesariamente el problema.
Así que menos culpas y más trabajo. Menos conferencia para explicar quién falló y más cuadrillas reparando.
Las lluvias seguirán, los vehículos seguirán circulando y el ciudadano seguirá pagando impuestos. La pregunta es qué va a encontrar mañana cuando salga de su casa: ¿una calle reparada o otro cráter esperando tragarse un automóvil?
Pobre Juárez… y pobres juarenses, condenados a vivir entre obras, hundimientos y promesas, porque sus gobiernos son ineptos y, lo menos, indolentes ante el problema social que se esta viviendo.
Hasta mañana.






