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Cuando la conocida figura priista Graciela Ortiz aseguró que el PRI sigue vivo en Chihuahua, “no sólo como partido político, sino como movimiento de gente comprometida, con raíces profundas en cada municipio, en cada comunidad y en cada corazón chihuahuense”, más de uno intentó no tomar el asunto con sarcasmo.

Y habrá que reconocerle a Chela Ortiz su optimismo. Porque para sostener semejante afirmación en estos tiempos se necesita, además de convicción, una buena dosis de fe ciega.

La realidad política de Chihuahua es que el PRI atraviesa una de sus etapas más complicadas y, particularmente en Ciudad Juárez, su presencia electoral está lejos de aquellos tiempos en los que el tricolor era prácticamente dueño de las estructuras políticas, de las candidaturas y de buena parte de los gobiernos.

Cómo se recordará la última elección la ganó el PRI en el 2013 con Enrique Serrano, quien dejo la alcaldía para contender con Javier Corral y perdió la elección; En Juárez recibieron un gran descalabro con la avasalladora victoria de Armando Cabada, el independiente, quien obtuvo el refrendo electoral en el 2018.

En ese mismo año Morena empezó a tener un crecimiento exponencial en esta frontera, donde los programas sociales y una extraña fascinación por la figura del Presidente Andrés Manuel, generó que masivamente la votación se inclinara hacia la 4T, teniendo como candidato a un expanista, quien gana en el 21 y refrenda en el 24, casi con diferencia de 3 a 1, sobre la alianza PRIAN.

El revolucionario enfrenta en el 2027 el riesgo de perder su registro y, por eso, buscarán hasta lo último una alianza con el PAN, a quien pudiera serle importante esos 3, 4, 5 o hasta 10 por ciento de votos que pudiera ofrecerle en las distintas regiones.

Maru Campos ya fijó su postura de esperar la línea que marque el Comité Ejecutivo Nacional del PAN, encabezado por Jorge Romero. Y aquí también hay que reconocer que aquella negativa central inflexible a una alianza con el PRI parece haberse ido suavizando. Lo que ayer parecía complicado comienza a convertirse en una posibilidad real.

Así que el PRI podría estar vivo en Chihuahua si consigue una alianza, pero a nivel nacional, nuestro análisis tiene un poco de suspicacia.

Porque resulta que el viejo partido tricolor tiene una curiosa capacidad de supervivencia. Cambió de oficinas, perdió colores, modificó discursos y hasta cambió de aliados, pero buena parte de sus antiguos cuadros encontró refugio en Morena.

Ahí está una de las grandes paradojas porque mientras el PRI (Que sigue en el PRI) se preocupa por demostrar que sigue respirando como partido, Morena se ha convertido en una especie de receptáculo para políticos que durante décadas militaron en el tricolor.

Muchos de quienes hoy presumen su militancia morenista tuvieron sus mejores años políticos bajo las siglas del PRI. Gobernadores, legisladores, funcionarios y operadores que crecieron políticamente con el viejo régimen terminaron incorporándose a la Cuarta Transformación.

Algunos lo reconocen con naturalidad; otros parecen haber desarrollado una amnesia selectiva respecto de su pasado.

Vaya, el propio fundador de MORENA, Andrés Manuel López fue un liderazgo del Partido Revolucionario, antes de salta al PRD, de donde logró ser jefe de gobierno de la capirucha del país, para posteriormente contender en el 2006 contra Felipe Calderón.

Por eso, mientras Chela Ortiz dice que el PRI sigue vivo en cada municipio, en cada comunidad y en cada corazón chihuahuense, quizá habría que agregar algo: también sigue vivo en las credenciales de muchos morenistas.

Hasta mañana.

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