Hay dos fenómenos que aparecen cuando la autoridad deja de atender los espacios públicos. El primero es silencioso, casi imperceptible, porque consiste precisamente en una ausencia.
Cuando los parques dejan de ofrecer condiciones dignas para la convivencia, las familias, los niños, los adultos mayores y los distintos grupos que normalmente les dan vida simplemente dejan de acudir.
Es poco común que ello genere protestas, marchas o reclamos multitudinarios: la gente se retira.
El segundo fenómeno sí resulta visible: la vagancia, la ocupación improductiva del espacio y la percepción de inseguridad.
El Parque Borunda es un ejemplo que ilustra esta realidad. Hace meses se inauguró una supuesta modernización con la acostumbrada parafernalia: hubo discursos, fotografías y videos de sobra.
También sonaron las fanfarrias, reflectores y con su respectiva difusión institucional. Sin embargo, pasada la emoción inicial, la realidad volvió a imponerse.
Hoy, durante gran parte del día, el Borunda luce desolado. Sus árboles todavía regalan algo de sombra, pero falta jardinería, áreas verdes cuidadas y espacios agradables para permanecer. En lugar de césped y zonas frescas predominan la tierra suelta, el ambiente árido y un calor sofocante que desalienta el uso de las áreas deportivas y recreativas.
Como si se tratara de un antiguo pueblo del desierto, la vida comienza únicamente cuando el sol se esconde.
Entonces aparecen las familias, los jóvenes que toman al parque como punto de encuentro, quienes compran un helado, unas papas o suben a los juegos mecánicos. Pero la actividad ocurre principalmente por la noche.
Durante el día, muchos locales permanecen cerrados porque simplemente no existen clientes suficientes para hacer rentable mantener personal y operación. Uno o dos negocios abiertos se convierten en la excepción que confirma la regla.
También es cierto que sería injusto etiquetar a todas las personas que acuden durante el día. Sin embargo, resulta frecuente observar individuos en evidente estado de intoxicación o en condiciones de vagancia. Cuando la convivencia familiar disminuye, el espacio pierde equilibrio. La ausencia de ciudadanos termina por alterar el ecosistema social del parque.
El Borunda es apenas una muestra de un problema mayor. La mayoría de los parques de Ciudad Juárez carecen de mantenimiento sistemático. Salvo algunas excepciones, como ciertos sectores de Campos Elíseos o espacios privados y residenciales, resulta difícil encontrar áreas verdes donde una familia pueda extender una cobija, sentarse en el pasto y compartir un picnic en pleno día. Esa escena, común en otras ciudades, aquí parece una rareza.
Lo más preocupante es que el abandono termina por convertirse en costumbre. Meses sin mantenimiento integral generan resignación. Los vecinos dejan de esperar acciones de la autoridad y algunos, por iniciativa propia, intentan sostener los espacios. En fraccionamientos como Misiones es alentador ver a ciudadanos recoger basura, retirar maleza o cuidar las plantas. Pero esos ejemplos nacen de la voluntad vecinal y siguen siendo excepcionales.
Las ciudades se construyen con calles, puentes y edificios, pero se sostienen con lugares de encuentro. Cuando un parque pierde a las familias, pierde también su esencia. Y cuando la autoridad se ausenta, la vida comunitaria se debilita.
Quizá la enseñanza sea sencilla: un área pública vacía jamás permanece vacía por mucho tiempo. Otros ocupan ese espacio. La naturaleza rechaza el vacío y la sociedad también.
Hasta el lunes.







