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Un recorrido por el jardín de la abuela: así se vive el Día de Muertos en Pueblito Mexicano

Ciudad Juárez.— Entrar al “Jardín de los recuerdos” es como empujar nuevamente la puerta de la casa de la abuela. Antes de encontrar fotografías o altares, aparecen las flores. Cempasúchil por todas partes, marcando caminos, rodeando figuras y llenando de naranja un jardín construido para regresar, aunque sea por unos minutos, a esos lugares que permanecen intactos en la memoria.

El recorrido comienza entre catrinas y pequeñas calaveras. No hay silencio de cementerio. Hay color, música y personajes que parecen haber salido de una reunión familiar. Más adelante aparecen los mariachis, inmóviles pero suficientes para recordar aquellas canciones que alguna vez sonaron en patios y celebraciones donde siempre había alguien que pedía “otra”.

Entre las flores también caminan perros convertidos en calaveras. Son esos animales que inevitablemente forman parte de los recuerdos de una casa: los que dormían junto a la puerta, corrían entre las plantas o acompañaban a la familia durante años. En este jardín también tienen un lugar.

Entonces aparece un colibrí.

Pequeño frente al resto del montaje, pero cargado de significado. En el “Jardín de los recuerdos” representa el vínculo entre quienes seguimos caminando por este lado y quienes ya no están. Como esas visitas inesperadas que, por un instante, hacen pensar que alguien volvió a casa.

El camino conduce después hacia uno de los puntos centrales del jardín: un altar dedicado a Juan Gabriel. Entre flores de cempasúchil, imágenes y elementos tradicionales, el Divo de Juárez aparece como parte de una memoria que ya no pertenece únicamente a una familia, sino a toda una ciudad. En Juárez también hay recuerdos que se comparten entre miles.

El jardín continúa entre catrinas, calaveras y flores hasta que el aroma cambia. Ya no es solamente el del cempasúchil. Al final del recorrido espera algo todavía más cercano a casa: pan de muerto y chocolate caliente repartido entre los asistentes.

Y ahí termina de entenderse el concepto.

El Día de Muertos no está únicamente en un altar. También está en una taza caliente sostenida entre las manos, en un pan compartido, en una canción que alguien reconoce y en los pequeños objetos capaces de devolvernos a una persona durante algunos segundos.

El secretario de Hacienda del Estado encabezó la apertura del montaje instalado en Pueblito Mexicano, pero después del protocolo el espacio comenzó a cumplir su verdadero propósito: dejar que cada visitante recorriera su propio jardín.

Porque aunque las flores, las catrinas y los mariachis son los mismos para todos, cada quien termina encontrando ahí algo distinto.

Tal vez una canción.

Tal vez un perro que alguna vez tuvo.

Tal vez el olor del chocolate.

O quizá, simplemente, por unos minutos, el jardín de la abuela.

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