🐍 COLUMNA Uno miente y el otro engaña

Hoy, las redes sociales, las transmisiones en vivo, las imágenes aéreas y el análisis inmediato de los hechos permiten contrastar la realidad con la narrativa oficial y política. Por eso, cuando los actores intentan colocar en el imaginario colectivo una narrativa con verdades a medias o contraria a las evidencias, lo único que consiguen es profundizar el escepticismo social.

La llamada Marcha por la Soberanía celebrada en Chihuahua el sábado es un ejemplo claro de ello.

Los organizadores de Morena insisten en que se trató de una movilización voluntaria y exclusivamente ciudadana, pero resulta difícil creer que miles de personas hayan llegado por cuenta propia desde distintos municipios del estado y del país.

El despliegue logístico fue evidente: autobuses, organización territorial, operadores políticos y una estructura de movilización que difícilmente puede improvisarse de un día para otro.

Además, existe un evidente grado de indignación entre amplios sectores de la población por la utilización de personas adultas mayores, integrantes de comunidades indígenas y ciudadanos con escasa información sobre el trasfondo político del evento, quienes fueron movilizados como parte de un esquema de acarreo.

La molestia radica en el uso de recursos para transportar contingentes y en el aprovechamiento de la necesidad y la vulnerabilidad de personas que muchas veces acuden por compromiso, por presión o por la expectativa de algún beneficio.

Si aceptamos la cifra difundida por los propios organizadores de que asistieron 20 mil personas y concedemos que la mitad provenía de otras latitudes, estaríamos hablando de 10 mil personas trasladadas en autobuses.

Considerando una capacidad de 60 pasajeros por unidad, se requerirían alrededor de 166 camiones. Y si cada uno tuvo un costo aproximado de 25 mil pesos, como afirmó el coordinador de los diputados de Morena, Cuauhtémoc Estrada, el gasto solo en transporte ascendería a poco más de 4.1 millones de pesos, sin contar alimentos, bebidas y demás apoyos logísticos.

Del otro lado tampoco convencen las explicaciones.

Desde el gobierno estatal y los sectores políticos afines se insiste en que no tuvieron relación con los bloqueos carreteros, la colocación de pendones, los megacarteles y hasta la zanja abierta por la Junta Municipal de Agua y Saneamiento en el trayecto de la marcha.

Sin embargo, la participación visible de personajes como Mario Mata, que quedo grabado en video, alimenta las sospechas de que hubo una estrategia para dificultar el evento y enviar un mensaje político.

Y tampoco están para dar lecciones de civilidad. El envío de agricultores a fungir como carne de cañón para enfrentar a los contingentes que se trasladaban desde distintos puntos del estado y del país implicó un riesgo innecesario. Bastaba un incidente menor para detonar confrontaciones de mayor escala. El ejemplo es la paliza que le dieron al periodista Israel Beltrán.

Utilizar a productores genuinamente inconformes como instrumento de presión política es tan cuestionable como el acarreo que se critica desde la otra trinchera.

La recepción en el aeropuerto fue otro episodio revelador.

Los abucheos dirigidos a la dirigencia nacional de Morena, incluyendo a Andrés Manuel López Beltrán, no fueron producto de la casualidad. Todo indica que hubo grupos previamente organizados para manifestarse.

Morena ahora habla incluso de presentar denuncias por lo ocurrido, se quieren victimizar cuando es la izquierda la que históricamente ha usado porros y manifestaciones violentas.

También resulta difícil ignorar las contradicciones del discurso oficial federal. Se invoca la soberanía nacional y la defensa de los mexicanos frente a decisiones del gobierno de Estados Unidos, pero al mismo tiempo se minimizan señalamientos delicados contra personajes vinculados al poder político.

La intensidad con la que hoy se defiende a ciertos actores contrasta con el silencio observado en otros momentos, como cuando miles de migrantes mexicanos fueron perseguidos y separados de sus familias en territorio estadounidense.

El resultado es una sociedad cada vez más desencantada, menos participativa y profundamente desconfiada de la clase política.

Hasta mañana

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