A poco más de un año de que arranquen formalmente las definiciones rumbo al 2027, en Chihuahua ya es evidente que desde Palacio de Gobierno se ha venido ensayando una estrategia política para medir perfiles, provocar conversación y tantear el terreno electoral.
La lógica ha sido lanzar nombres, observar reacciones y descubrir quién logra despertar simpatías, quién genera rechazo y quién, simplemente, pasa desapercibido.
El experimento comenzó con la sucesión gubernamental. Durante mucho tiempo parecía incuestionable que Marco Bonilla caminaría sin competencia interna hacia la candidatura del PAN al Gobierno del Estado.
Sin embargo, desde el propio círculo del poder comenzaron a aparecer otras figuras para medir su capacidad de crecimiento. Que si Valenciano si Va, que si Mario Vázquez, que si Miriam Soto y hasta al priísta Tony Meléndez se metió a la prueba del ácido.
La sorpresa fue el jefe de la Poli Estatal, Gil Loya, quien sorprendió con estructura política que quien sabe en que momento operó y logró instalarse rápidamente como una alternativa real dentro del panismo.
Los roces y el fuego amigo se presentó desde varias trincheras.
La imagen del Centinela empezó a circular en bardas y espectaculares, de tal suerte que las encuestas empezaron a reflejarlo. En unas aparecía con 15 por ciento de las preferencias; en otras alcanzaba el 20, e incluso hubo mediciones donde rondó el 30 por ciento.
El fenómeno obligó incluso a modificar formatos en algunos ejercicios demoscópicos para mantener una ventaja más amplia de Marco Bonilla. Al final, el mensaje es que Loya sí despertó interés.
En la capital también apareció Santiago de la Peña como un borrego de Palacio. Su pasado priista, lejos de entusiasmar a la militancia tradicional, provocó incomodidad entre los panistas de cepa, quienes durante reuniones internas y encuentros partidistas han manifestado abiertamente sus reservas.
El Secre del Bien Común, Rafa Loera y su esposa (Quien fuera asistente de la gober) salieron de la administración pública estatal, luego de una escenificación un tanto sintética que llamó la atención, y ahora ambos significan una opción con posibilidad lejanas, pero reales.
Más adelante surgió el nombre de Manque Granados para medir su alcance frente a César Jáuregui, quien sigue siendo, para muchos, el personaje con mayores posibilidades de lograr la unidad panista en Chihuahua capital.
Pero cuando la estrategia llegó a Ciudad Juárez, simplemente perdió fuerza.
La reunión convocada por la dirigencia estatal encabezada por Daniela Álvarez y la estructura municipal de Ulises Pacheco terminó por no prender. Los perfiles presentados para buscar la alcaldía y las diputaciones locales difícilmente despertaron entusiasmo.
Entre los asistentes predominan figuras grises: algunos carecen de trayectoria política sólida; otros jamás han encabezado campañas exitosas; varios llegan con derrotas recientes sobre los hombros y algunos más siguen sin construir un proyecto que conecte con el electorado fronterizo.
Por eso cada vez cobra más fuerza la posibilidad de que la propia Daniela Álvarez termine siendo la candidata panista a la Presidencia Municipal. Más por falta de competencia interna que por una disputa cerrada, porque recordemos la paseada que le dieron en la pasada elección que se postulo para el senado.
Mientras tanto, la mayor esperanza del PAN en Chihuahua podría estar fuera de sus propias filas.
La verdadera apuesta parece descansar en que Morena mantenga abiertas sus fracturas internas. Si el candidato termina siendo Juan Carlos Loera, el grupo político de Cruz Pérez Cuéllar podría mostrar un respaldo más protocolario que entusiasta. Si la nominada fuera Mayra Chávez, el escenario podría invertirse y sería el otro bloque el que administraría su apoyo con la misma frialdad.
La gobernadora hablaba esta semana del famoso beso del diablo, al hacer alusión a que imponer desde el poder candidatos sería condenarlos a la derrota, interna o externa. No sería entonces un beso del diablo, pero ojalá alcance para un aquelarre de este lado.
Hasta mañana.






