Pareciera que, a estas alturas, la carrera por la gubernatura se librará intestinamente en los propios partidos que encabezarán las alianzas en 2027, en una búsqueda de acuerdos que quizá ya no llegarán. La sangre llegó al río, se cruzaron los puntos de no retorno en la discordia, se rompieron las medias o díganlo como quieran.
Por el lado guinda, ya se llegó al grado de que el equipo de Juan Carlos Loera lanzó inútiles, pero venenosos misiles en demanda de la destitución o renuncia de Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, por considerar amañado el proceso de selección del coordinador estatal.
Tampoco ha faltado algún trasnochado que publique la imagen —que parece meme— de la desaparecida Andrea Chávez, como queriendo revivir las esperanzas de que Cruz Pérez Cuéllar se descarrile y ella sea catapultada a la contienda estatal.
A Andrea, como ella misma lo dice, le parece poco la candidatura por Juárez. Sin embargo, tendría que trabajar unos años en la ciudad antes de siquiera aspirar a tener la oportunidad de gobernar todo un estado.
Por ahora, lo que se ve es que la consigna parece ser aprovechar cualquier coyuntura para golpear al adversario, pero no al del partido de enfrente, sino al propio. Una especie de autoflagelación política para llamar la atención, aunque en el intento se les vaya la oportunidad de ganar una elección.
Pero hay que cuidar los argumentos, porque luego la contracorriente puede devolverle a uno el mismo lodo con el que pretende ensuciar al compañero. Sobre todo cuando se trata de cubrirse con el manto sagrado de la honestidad y salir a repartir certificados de buena conducta.
Y sí, las lenguas viperinas nos recuerdan que, para tener la lengua larga, hay que tener la cola muy corta.
Aguas, don Juan Carlos, porque en su afán de catapultar a Andrea Chávez hacia la coordinación estatal, algunos de sus operadores parecen haber olvidado que la memoria política es bastante larga y que las hemerotecas suelen tener mejor puntería que los alfiles de ocasión.
Andan dando patadas de ahogado para descarrilar al coordinador estatal, Cruz Pérez Cuéllar, y acomodar las fichas para que Loera se quede con la coordinación municipal en Ciudad Juárez. Pero hacen como que no recuerdan que hay asuntos del pasado que todavía no terminan de sepultarse.
¿O a poco ya se les olvidaron los señalamientos que enfrentó Loera cuando fue delegado del Bienestar, por presuntas irregularidades y desvíos en programas sociales? También está el episodio de aquellos espectaculares con su nombre que aparecieron por todo Chihuahua en 2020, cuando andaba más que desbocado en sus aspiraciones políticas.
Aquella promoción anticipada fue objeto de señalamientos e investigaciones, pero el desenlace de ese expediente sigue siendo una incógnita.
Por el lado de enfrente, Santiago de la Peña continúa haciendo su lucha por encender los ánimos dentro de la panadería, mientras Marco Bonilla aprieta el paso en un intento por cohesionar a los suyos, mantener aceitada su maquinaria política y destensar la situación entre los grupos afines al exfiscal Jáuregui.
Todo parece indicar que la operación cicatriz en ambos partidos exigirá más esfuerzo del esperado y que el dolor se prolongará unas semanas más, provocando nuevas escaramuzas internas. Los asesores seguirán marcando el rumbo y quienes toman las decisiones quizá empiecen a hacerles caso, porque, a juzgar por lo que se ve, o la estrategia está fallando o simplemente se pagan honorarios de especialistas cuyas opiniones terminan archivadas en el cajón de los consejos inútiles.







