En el Pueblito Mexicano hay quienes se sienten bordados a mano, le batallan para caminar, porque ya flotan.
Se mueven en los pasillos del edificio y asumen su envestidura como si trajeran fuero celestial y fueran intocables. Olvidaron que -por su extracción partidista azul- están en una de las plazas políticas más complicadas del estado y actúan cómo si no estuviera a la vuelta de la esquina la evaluación ciudadana.
A ver si alguien les avisa, porque subrayo: representan a un gobierno panista en Ciudad Juárez, donde la marca no levanta precisamente suspiros. Y aun así, se dan el lujo de repartir desplantes, cerrar puertas e incluso medir a la prensa con regla de capricho.
Si eso hacen con los medios de comunicación, ¿Qué puede esperar la ciudadanía en general?
El nombre por ejemplo de la vocera Amparo Beltrán ya no se menciona en voz baja. Se comenta con molestia abierta. Ella que es la encargada de construir puentes terminó instalando casi casi una caseta de cobro: decide quién pasa, quién espera y quién, de plano, se queda afuera.
Y todo bajo una lógica que ya suena a chiste viejo: medios “de primera” y “de segunda”. Administra según ella las exclusivas y cierra las puertas de sus jefes a su antojo, como ama de llaves con ademanes de cadenero de antro de La Condesa.
Así, las entrevistas dejan de ser ejercicio de transparencia y se convierten en premio selectivo. A unos se les abre la puerta con sonrisa; a otros, ni el saludo. Y eso, ni siquiera parece estrategia, si no berrinche institucionalizado.
El problema es profundo: el mensaje que sale de soberbia, desconexión y falta de oficio político.
Y por si faltara, en Salud tampoco cantan mal las rancheras. El director de Distrito de Salud II Juárez, Don Rogelio Covarrubias Gil Lamadrid, juega al escondite: aparece cuando quiere, responde lo que le conviene y se incomoda cuando le tocan temas que deberían ocuparle todos los días.
Como si el cargo incluyera derecho a elegir preguntas y a administrar el humor.
Porque claro, ahora resulta que la disponibilidad es opcional y la rendición de cuentas depende del estado de ánimo.
Para darnos una idea de lo perdidos que están en ciudad Juárez, aquí les muestro un botón.
Es en torno a la reciente solicitud de auditoría impulsada por la diputada Xóchitl Contreras —para esclarecer el adeudo de 118 millones de pesos del Municipio con el SAT— que terminó por detonar el debate desde el propio panismo.
Roberto “El Pony” Lara puso el dedo en la llaga en un grupo donde muchos panistas participan: ¿de verdad esa es la ruta para competirle a Morena?, preguntó. La respuesta automática de la promotora de la iniciativa fue que jamás dejaría de “señalar la corrupción”.
Y ahí es donde el discurso empieza a chocar con la realidad. Llevan años golpeando a Morena y sus liderazgos, mientras en Juárez el PAN sigue sin encontrar cómo levantarse del suelo.
La discusión de fondo no es menor: si la estrategia es correcta… o si simplemente se volvió costumbre. Porque una cosa es ser oposición, y otra muy distinta es quedarse atrapado en el mismo libreto sin entender por qué la gente ya no responde.
No es lo mismo ser borracho que cantinero, diría un reconocido periodista.
Y es aquí donde todo conecta.
Porque mientras algunos panistas se concentran en señalar hacia afuera, hacia adentro siguen sin resolver lo más básico: su relación con la ciudadanía. No han entendido —o no han querido entender— que el servicio público implica cercanía, trato digno y resultados.
En Ciudad Juárez, la percepción crece en sentido contrario: funcionarios lejanos, atención deficiente, trámites eternos y una actitud que muchas veces raya en el desprecio. Salvo contadas excepciones, la experiencia de quien pisa una oficina pública sigue siendo la misma: filas largas, caras largas y soluciones lejanas.
El fondo es sencillo, aunque incómodo: hay quienes creen que el cargo los pone por encima de la gente, cuando en realidad los coloca al servicio de ella.
En un Juárez donde el PAN camina con respiración asistida —y apenas presume estar por encima del PRI—, estas actitudes no son errores menores, son lastres.
Cada desplante, cada puerta cerrada, cada gesto de soberbia suma puntos… pero en contra.







