El cerebro de un maltratador tiene más mancha que el de otros delincuentes

La imagen que usted ve arriba es la fotografía desnuda, íntima, de un maltratador confeso. Y a su derecha, en la misma posición, la de otro delincuente. Los dos tienen el cerebro manchado, aunque uno más que otro. Y eso les diferencia. Del primero, al que llamaremos Juan, manos huesudas y largas como pies, diremos que le abrió la mejilla a su esposa en la última bronca. No fue la única. El de al lado, acostumbrado a robar (es su delito), nunca había pegado ni vejado psicológicamente a una mujer. Fijémonos sobre todo en la imagen de nuestro protagonista, el maltratador.

¿Qué tiene en la cabeza Juan? ¿Ira, rabia? ¿Por qué pegaba repetidamente a su esposa? ¿Qué lleva a un marido, novio o amante, incluso a matar, como hizo José Bretón?

Tres años largos de estudio y 20 hombres violentos fueron necesarios para salir de dudas. La conclusión: “El cerebro de un maltratador funciona de manera distinta al de otros delincuentes”, explica midiendo cada palabra el neuropsicólogo y catedrático Miguel Pérez García, al frente de la investigación en la Universidad de Granada. Se trata de un hallazgo científico de trascendencia -“que nos acerca a una mejor comprensión de la violencia contra las mujeres y la reincidencia de los maltratadores”-, al que la revista Social Congnitive and Affective Neurocience, de referencia mundial, dedica un espacio preferente en su último número.

Con la misma tecnología utilizada para fotografiar los pensamientos, la llamada Resonancia Magnética Funcional -que enseña lo que está pasando en el cerebro en el mismo instante en el que recibe un estímulo-, el equipo granadino de Pérez García ha descubierto que aquellos hombres que habitualmente se ensañan con sus mujeres disponen de un cerebro con un funcionamiento propio, exclusivo de los maltratadores. A cada uno de los 20 seleccionados se les mostraron imágenes con diversos contenidos violentos. Desde peleas en campos de fútbol y escenas hombres zurrándose brutalmente en las calles a mujeres sufriendo agresiones (17 han sido asesinadas en lo que va de año a manos de sus parejas o exparejas). Y a la vez se les hacía la resonancia. Unas 300 por maltratador. El equipo de Granada estaba a un paso de entonar ¡eureka!

Las escenas de violencia de género provocaron en los maltratadores cambios en su sistema nervioso central que, por contra, no se producían cuando veían imágenes de distinto contenido. “Todo indica que existe un perfil de funcionamiento cerebral propio en los maltratadores”, añade Pérez García. Y esto “podría explicar algunas de las alteraciones psicológicas que describen estos hombres cuando se enfrentan a su compañera sentimental, como la ira o la rabia, el miedo a ser abandonados, o la inestabilidad afectiva repentina en forma de aumento de la ansiedad”.

Fueron las manchas que tiñen parte de esos 1.400 gramos de materia gris, como la que encabeza esta página, las que han dado la respuesta a los científicos de Granada. Comparados con otros delincuentes, los violentos de género exhiben una mayor activación en la corteza cingular anterior y posterior (implicadas en casi todos los sentimientos, como la emoción o la percepción del dolor físico y emocional) y en la corteza prefrontal medial (toma de decisiones y planificación del pensamiento). Por contra una menor activación en la corteza prefrontal superior, también implicada en generación de decisiones. Los científicos creen que este contraste puede conllevar una inestabilidad afectiva.

“Para ellos (los maltratadores) ver escenas de violencia, aunque no vaya contra mujeres, resulta igual de desagradable. Sin embargo”, matiza el catedrático, “su actividad cerebral es diferente a del resto de personas”. Su cerebro, aunque sano en lo anatómico, funciona de un modo particular, exclusivo de los hombres que suelen practicar este tipo de agresiones. Un tipo así jamás acepta que él sea el responsable de la violencia contra su pareja. En lo que va de año son ya 17 las mujeres asesinadas a manos de sus maridos, novios o amantes. En 2015 el año se cerró con 64 víctimas mortales, cinco más que el año anterior. Y a juzgar por las cifras, las terapias de reinserción no parecen detener la sangría de casos. Según los expertos consultados, entre el 30 y el 45% de los hombres que siguen algún tratamiento termina reincidiendo.

Escogerlos no fue fácil. Los 20 elegidos, de entre 30 y 50 años, vivían todos bajo medidas judiciales. Eran necesario además tres requisitos básicos: no haber consumido drogas, ni siquiera anteriormente, no haber recibido nunca ningún golpe en la cabeza, lo que podría haber afectado de alguna manera al funcionamiento cerebro, y no tener tatuajes (algunas tintas llevan metales que interfieren en las resonancias). Todos dieron luz verde a su entrada en el estudio, que ahora busca financiación de particulares para que los investigadores puedan continuar hurgando no sólo en el cerebro de maltratadores sino también en el de sus víctimas.

“Son más flexibles”

Hoy “las mujeres maltratadas no son rutinariamente evaluadas para el diagnóstico de un posible deterioro neuropsicológico”, denuncia la psicóloga del equipo científico granadino, Natalia Hidalgo, a la cabeza de un proyecto que aborda el estudio científico de las secuelas mentales presentes en las víctimas de género. Ella no entra en si un violento nace o se hace. Pero deja una pista: “Los maltratadores no son impulsivos como se pensaba. Son más inflexibles”. Y quienes los sufren, las mujeres, “padecen multitud de problemas físicos, psicológicos, neurológicos y cognitivos como consecuencia del maltrato”.

Fuente: El Mundo